SABINA
En Comala, en Macondo y también en San Isidro comprendimos que uno nunca debería intentar volver al lugar en el que ha sido feliz. Hace más de medio siglo pensábamos y afirmábamos que pasar un Viernes Santo lejos de San Isidro era la experiencia más triste que uno podría imaginar. Al final, la vida se encarga de poner las cosas en su sitio y un buen día en el noventa o en el noventa y uno, mientras salía del trabajo en la pequeña ciudad italiana de Sasso Marconi, me percaté con estupor que había pasado por alto que aquel día era nada menos que Viernes Santo.
La magia de San Isidro, aparte de afectar solamente a los que nacieron, crecieron, o simplemente pasaron por aquí, también precisa una credulidad infinita. Cosa aparte son la caducidad temporal y las limitaciones geográficas. En aquel tiempo se decía que los que bebían agua del Corral, estaban condenados a volver y volver hasta el final de los tiempos, quizás un poco exagerado decirlo de esa manera, pero entonces éramos jóvenes y no sabíamos que el atributo tenía caducidad, igual que la magia.
Heme aquí intentando llenar esta página en blanco mientras que la lluvia juguetona remoja la geografía del occidente salvadoreño y de paso quizás arruina los planes de fuga de incontables parejas durante la noche de Viernes Santo trazados con esmero al amparo de tradiciones inmemoriales. Está de más negar que del cambio climático y sus efectos no se salva ni el patrimonio inmaterial de la humanidad. Desde la otredad solo me queda imaginar a los que se quedaron, los que nunca se fueron, caminando bajo la lluvia mansa de abril en esta noche de viernes que sin quererlo ya es sábado.
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