jueves, 17 de abril de 2014

Algo como el Amor sin los Problemas del Amor

Buscando recopilar  los lugares comunes  que recordaba de mi última lectura de "El Amor en Tiempos del Cólera", me sumergí de nuevo en el universo del Gabo dispuesto a cazar de una vez por todas los dichos que recordaba y los que no recordaba. De una aventura semejante en el universo de la nostalgia literaria, el mayor peligro es comprobar que las cosas casi nunca son como uno las recuerda.

Durante mucho tiempo yo habría estado dispuesto a declarar ante notario que en algún pasaje de aquel libro estaba escrito "la nostalgia borra el olor a mierda", pero tras una expedición de varios días en el universo mágico  confieso con consternación que sigo sin encontrarla.  También están otras dos frases memorables distorsionadas probablemente por  el recuerdo atragantado de la versión en italiano con olor a libreria Feltrinelli que me bebí en Bologna:"Hay que tener dos casas, una para vivir y otra para esconder el desorden" y "Hay que tener dos amores un amor que te cuide y otro que quiera".

Otra estocada punzante fue la comprobar que en la historia de Florentino Ariza -que no le pagaba un acto de amor a ninguna- con Andrea - quien no la hacía de gratís ni con el marido-  la versión distorsionada del pacto de amantes que yo recordaba -según la cual el dinero de cada polvo lo depositaban en una alcancía y lo donaban para obras de caridad- también era producto de mi nostalgía.

Debo decir a mi favor  que casi siempre  lo que yo recordaba no es lo mismo pero es igual a lo que está escrito. Tampoco he podido comprobar que el "café con sabor a petróleo" aparezca tal como yo la recordaba, en cambio si aparece la "tisana de manzanilla con sabor a ventana". Aparecen otras imágenes tales como el "el dulce andar de venada" que le atribuía a Fremina Daza, que me revienta en la cara para recordarme las no no pocas veces que la vida  imita al arte.


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"Andar de venada"
  
"Carne de convento"

"Patria de escombros"

“Eructo arenoso”

“Se murieron los muertos”.

 "Fósil de un pensamiento"

"Paciencia mineral"
"Formalismos litúrgicos."

 "Lluvia perpetua" 

"Grosería homérica "

"Escalofrío de las vísceras"

"Aristocracia de mostrador" 
   
Infieles, pero no desleales

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"Lo que le faltaba por la edad le alcanzaba por el carácter y le sobraba por la diligencia"

"La sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada"

"El mundo está dividido entre los cagan bien y los que cagan mal"

“La gente que uno quiere debería morirse con todas sus cosas”.

"Desde que yo soy yo, en las ciudades no nos matan con tiros sino con decretos."

“Lo único peor que la mala salud es la mala fama”.

"Dígale que se lo juro por la diosa coronada."

“Como un murciélago en las tinieblas”

"Las cocadas de piña para las niñas, las de coco para los locos, las de panela para Micaela."

"La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado." -Este es el dicho que yo insisto en seguir recordando como "la memoria borra el olor a mierda".

“Lo único que me duele de morir es que no sea de amor.”

 “Un hombre sabe cuando empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre”.

"A la vida no la enseña nadie."

“O se nace sabiendo o no se sabe nunca: Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo”

"Los hijos no se quieren por ser hijos sino por la amistad de la crianza".

“El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno”.

“El problema de la vida pública es aprender a dominar el terror, el problema de la vida conyugal es aprender a dominar el tedio”.

 “Esta vaina sabe a ventana

“Uno necesitaría dos esposas, una para quererla, y otra para que le pegue los botones”.

"La sola idea le alborotó las querencias".

" Más vale llegar a tiempo que ser invitado."

 — ¡Dios mío, esto es más largo que un dolor!
 
“Al pobre y al feo, todo se les va en deseo”

— La única frustración que me llevo de esta vida es la de haber cantado en tantos entierros, menos en el mío.

“El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas”.

— Estás como para un entierro — le dijo ella

“Lo más importante de un buen matrimonio no es la felicidad sino la estabilidad”.

“Uno viene al mundo con sus polvos contados, y los que no se usan por cualquier causa, propia o ajena, voluntaria o forzosa, se pierden para siempre”.



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— Qué manera más absurda de morirse — dijo ella. — La muerte no tiene sentido del ridículo — dijo él, y agregó con pena— : sobre todo a nuestra edad.

— No me haga esto, doctor — le imploró— . Dos meses de los míos son como diez años de los
suyos.

Los idiomas hay que saberlos cuando uno va a vender algo — decía con risas de burla— . Pero cuando uno va a comprar, todo el mundo le entiende como sea.”

— Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas — le decía—, que estas cosas no duran toda la vida.

Me tratas como si fuera uno más”. Ella soltaba Una risa de hembra libre, Y decía: “Al contrario, como si fueras uno menos”.


La dejó perdida en un limbo de novia burlada. O de soltera usada, como se decía entonces.

“Imagínate cómo se sentiría tu madre si supiera que eres requerida por un Urbino de la Calle”. Ella replicó en seco: “Se volvería a morir dentro del cajón”.


Siempre fue sin pretensiones de amar ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera como el amor, pero sin los problemas del amor.


martes, 15 de abril de 2014

Naríz de Oropéndola

Gabriel García Márquez

El doctor Juvenal Urbino solía decir, no sin cierto cinismo, que aquellos dos años amargos de su vida no fueron culpa suya, sino de la mala costumbre que tenía su esposa de oler la ropa que se quitaba la familia, y la que se quitaba ella misma, para saber por el olor si había que mandarla a lavar, aunque pareciera limpia a primera vista. Lo hacía desde niña, y nunca creyó que se notara tanto, hasta que su marido se dio cuenta la misma noche de bodas. Se dio cuenta también de que fumaba por lo menos tres veces al día encerrada en el baño, pero esto no le llamó la atención, pues las mujeres de su clase solían encerrarse en grupos a hablar de hombres y a fumar, y aun a beber aguardiente de a dos cuartillos hasta quedar tiradas por los suelos con una marimonda de albañil. Pero la costumbre de husmear cuanta ropa encontraba a su paso, no sólo le pareció improcedente, sino peligrosa para la salud. Ella lo tomaba a broma, como tomaba todo lo que no quería discutir, y decía que no era por simple adorno por lo que Dios le había puesto en la cara aquella acuciosa nariz de oropéndola. Una mañana, mientras ella andaba de compras, la servidumbre alborotó el vecindario buscando al hijo de tres años que no habían podido encontrar en ningún escondite de la casa. Ella llegó en medio del pánico, dio dos o tres vueltas de mastín rastreador, y encontró al hijo dormido dentro de un ropero, donde nadie pensó que pudiera esconderse. Cuando el marido atónito le preguntó cómo lo había encontrado, ella le contestó:

— Por el olor a caca.

La verdad es que el olfato no le servía sólo para lavar la ropa o para encontrar niños perdidos: era su sentido de orientación en todos los órdenes de la vida, y sobre todo de la vida social. Juvenal Urbino lo había observado a lo largo de su matrimonio, sobre todo al principio, cuando ella era la advenediza en un ambiente predispuesto en contra suya desde hacía trecientos años, y sin embargo braceaba por entre frondas de corales acuchillados sin tropezar con nadie, con un dominio del mundo que no podía ser sino un instinto sobrenatural. Esa facultad temible, que lo mismo podía tener origen en una sabiduría milenaria que en un corazón de pedernal, tuvo su hora de desgracia un mal domingo antes de la misa, cuando Fermina Daza olfateó por pura rutina la ropa que había usado su marido la tarde anterior, y padeció la sensación perturbadora de haber tenido a un hombre distinto en la cama.

Olfateó primero el saco y el chaleco mientras quitaba del ojal el reloj de leontina y sacaba el lapicero y la billetera y las pocas monedas sueltas de los bolsillos y lo iba poniendo todo sobre el tocador, y después olfateó la camisa abastillada mientras quitaba el pisacorbatas y las mancornas de topacio de los puños y el botón de oro del cuello postizo, y después olfateó los pantalones mientras sacaba el llavero con once llaves y el cortaplumas con cachas de nácar, y olfateó por último los calzoncillos y las medias y el pañuelo de hilo con su monograma bordado. No había la menor sombra de duda: en cada una de las prendas había un olor que no había estado en ellas en tantos años de vida en común, un olor imposible de definir, porque no era de flores ni de esencias artificiales, sino de algo propio de la naturaleza humana. No dijo nada, ni volvió a encontrar el olor todos los días, pero ya no husmeaba la ropa del marido con la curiosidad de saber si estaba de lavar, sino con una ansiedad insoportable que le iba carcomiendo las entrañas.

Fermina Daza no supo dónde situar el olor de la ropa dentro de la rutina del esposo. No podía ser entre la clase matinal y el almuerzo, pues suponía que ninguna mujer en su sano juicio iba a hacer un amor apurado a semejantes horas, y menos con una visita, mientras estaba pendiente de barrer la casa, arreglar las camas, hacer el mercado, preparar el almuerzo y tal vez con la angustia de que a uno de los niños lo mandaran de la escuela antes de tiempo descalabrado de una pedrada, y la encontrara desnuda a las once de la mañana en el cuarto sin hacer, y para colmo de vainas con un médico encima. Sabía, por otra parte, que el doctor Juvenal Urbino sólo hacía el amor de noche, y mejor aún en la oscuridad absoluta, y en último caso antes del desayuno al arrullo de los primeros pájaros. Después de esa hora, según él decía, era más el trabajo de quitarse la ropa y volver a ponérsela, que el placer de un amor de gallo. De modo que la contaminación de la ropa sólo podía ocurrir en alguna de las visitas médicas, o en cualquier momento escamoteado a sus noches de ajedrez y de cine. Esto último era difícil de esclarecer, porque al contrario de tantas amigas suyas, Fermina Daza era demasiado orgullosa para espiar al marido, o para pedirle a alguien que lo hiciera por ella. El  horario de las visitas, que parecía el más apropiado para la infidelidad, era además el más fácil de vigilar, porque el doctor Juvenal Urbino llevaba una relación minuciosa de cada uno de sus clientes, inclusive con el estado de cuentas de los honorarios, desde que los visitaba por primera vez hasta que los despedía de este mundo con una cruz final y una frase por el bienestar de su alma.

Al cabo de tres semanas, Fermina Daza no había encontrado el olor en la ropa durante varios días, había vuelto a encontrarlo de pronto cuando menos lo esperaba, y lo había encontrado luego más descarnado que nunca por varios días consecutivos, aunque uno de ellos había sido un domingo de fiesta familiar en que ella y él no se separaron ni un instante. Una tarde se encontró en la oficina del esposo, contra su costumbre y aun contra sus deseos, como si no fuera ella sino otra la que estuviera haciendo algo que ella no haría jamás, descifrando con una primorosa lupa de Bengala las intrincadas notas de visitas de los últimos meses. Era la primera vez que entraba sola en esa oficina saturada de relentes de creosota, atiborrada de libros empastados en pieles de animales ignotos, de grabados turbios de grupos escolares, de pergaminos de honor, de astrolabios y puñales de fantasía coleccionados durante años. Un santuario secreto que tuvo siempre como la única parte de la vida privada de su marido a la que ella no tenía acceso porque no estaba incluida en el amor, así que las pocas veces en que estuvo allí había sido con él, siempre para asuntos fugaces. No se sentía con derecho a entrar sola, y menos para hacer escrutinios que no le parecían decentes. Pero allí estaba.  Quería encontrar la verdad, y la buscaba con unas ansias apenas comparables al terrible temor de
encontrarla, impulsada por un ventarrón incontrolable más imperioso que su altivez congénita, más imperioso aún que su dignidad: un suplicio fascinante.

No pudo sacar nada en claro, porque los pacientes de su marido, salvo los amigos comunes, eran también parte de su dominio estanco, gentes sin identidad que no se conocían por su cara sino por sus dolores, no por el color de sus ojos o las evasiones de su corazón, sino por el tamaño de su hígado, el sarro de su lengua, los grumos de su orina, las alucinaciones de sus noches de fiebre. Gentes que creían en su esposo, que creían vivir por él cuando en realidad vivían para él, y terminaban reducidas a una frase escrita por él de su puño y letra al calce del expediente médico: Tranquilo, Dios te está esperando en la puerta. Fermina Daza abandonó el estudio al cabo de dos horas inútiles con la sensación de haberse dejado tentar por la indecencia.

Azuzada por su fantasía, empezó a descubrir los cambios del marido. Lo encontraba evasivo,  inapetente en la mesa y en la cama, propenso a la exasperación y a las réplicas irónicas, y cuando estaba en la casa ya no era el hombre tranquilo de antes, sino un león enjaulado. Por primera vez desde que se casaron vigiló sus tardanzas, las controló al minuto, y le decía mentiras para sacarle verdades, pero luego se sentía herida de muerte por sus contradicciones. Una noche despertó sobresaltada por un estado fantasmal, y era que su marido la estaba mirando en la oscuridad con unos ojos que le parecieron cargados de odio. Había sufrido un estremecimiento semejante en la flor de la juventud, cuando veía a Florentino Ariza a los pies de la cama, sólo que su aparición no era de odio sino de amor. Además, esta vez no era una fantasía: su marido estaba despierto a las dos de la madrugada, y se había incorporado en la cama para mirarla dormida, pero cuando ella le preguntó por qué lo hacía, él lo negó. Volvió a poner la cabeza en la almohada, y dijo:

— Debió ser que lo soñaste.

Después de esa noche, y por otros episodios similares de esa época en que Fermina Daza no sabía a ciencia cierta dónde terminaba la realidad y dónde empezaba el ensueño, tuvo la revelación deslumbrante de que se estaba volviendo loca. Por último cayó en la cuenta de que el esposo no comulgó el jueves de Corpus Christi, ni tampoco en ningún domingo de las últimas semanas, y no encontró tiempo para los retiros espirituales de aquel año. Cuando ella le preguntó a qué se debían esos cambios insólitos en su salud espiritual, recibió una respuesta ofuscada. Ésta fue la clave decisiva, porque él no había dejado de comulgar en una fecha tan importante desde que hizo la primera comunión a los ocho años. De este modo se dio cuenta no sólo de que su marido estaba en pecado mortal, sino que había resuelto persistir en él, puesto que no acudía a los auxilios de su confesor. Nunca había imaginado que pudiera sufrirse tanto por algo que parecía ser todo lo contrario del amor, pero en esas estaba, y resolvió que el único recurso para no morirse era meterle fuego al cubil de víboras que le emponzoñaba las entrañas. Así fue. Una tarde se puso a zurcir talones de medias en la terraza, mientras su esposo terminaba su lectura diaria después de la siesta. De pronto, interrumpió la labor, se levantó las gafas hasta la frente, y lo interpeló sin un mínimo signo de dureza:

— Doctor.

Él estaba sumergido en la lectura de Ole des pingouíns, la novela que todo el mundo estaba leyendo por aquellos días, y le contestó sin salir a flote:  Oui.  Ella insistió:

— Mírame a la cara.

Él lo hizo, mirándola sin verla en la bruma de los lentes de leer, pero no tuvo que quitárselos para quemarse en la brasa de su mirada.

— ¿Qué es lo que pasa? — preguntó.

— Tú lo sabes mejor que yo — dijo ella.


lunes, 14 de abril de 2014

Acerca de los Placeres Peligrosos del Amor Domesticado

Por Gabriel García Márquez

No había nadie más elegante que ella para dormir, con un escorzo de danza y una mano sobre
la frente, pero tampoco había nadie más feroz cuando le perturbaban la sensualidad de creerse
dormida cuando ya no lo estaba. El doctor Urbino sabía que ella permanecía pendiente del
menor ruido que él hiciera, y que inclusive se lo habría agradecido, para tener a quien echarle
la culpa de despertarla a las cinco del amanecer. Tanto era así, que en las pocas ocasiones en
que tenía que tantear en las tinieblas porque no encontraba las pantuflas en el lugar de siempre, ella decía de pronto con voz de entresueños: “Las dejaste anoche en el baño”. Enseguida, con la voz despierta de rabia, maldecía:

— La peor desgracia de esta casa es que no se puede dormir.

Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz
con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero
por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero
fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron
a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño.

Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio,
en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz.
Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración
tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como
siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el
doctor Urbino habló consigo mismo:

— Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón — dijo.

Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en
efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes,
cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó
hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había
transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días
imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como
siempre, se defendió atacando:

Pues yo me he bañado todos estos días — gritó fuera de sí— y siempre ha habido jabón.

Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir
con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y
sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio.
Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí
permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron
de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no
estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no
estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para
atormentarla.

El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos
minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros,
reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la
comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho
más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión
abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como
árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos
estribos tenía, los perdió con un grito histórico:

— ¡A la mierda el señor arzobispo!

El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil
desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor
arzobispo!”. Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que
esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía
era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de
veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor
para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño,
pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero
en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta
destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se
dieran cuenta de que no se hablaban.

Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales,
porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales
para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los
dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial
mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su
lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto,
pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por
el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la
cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular:

— Déjame aquí — dijo— . Sí había jabón.

Cuando recordaban este episodio, ya en el recodo de la vejez, ni él ni ella podían creer la
verdad asombrosa de que aquel altercado fue el más grave de medio siglo de vida en común, y
el único que les inspiró a ambos el deseo de claudicar, y empezar la vida de otro modo. Aun
cuando ya eran viejos y apacibles se cuidaban de evocarlo, porque las heridas apenas
cicatrizadas volvían a sangrar como si fueran de ayer.

miércoles, 9 de abril de 2014

Criaturas del Campus



Chejes o pájaros carpinteros



Torogoz intentando comerse a una Chicharra



Chicharra cantando en el campus

lunes, 31 de marzo de 2014

martes, 25 de marzo de 2014

Quinteto Tiempo en la UES

Iba caminando un poco después de las 6 de la tarde, ayer, pensando que a esta hora asesinaron a Monseñor Romero hace 34 años, y justo cuando pasaba por el cine teatro de la UES escuché unas viejas voces conocidas, y era el quinteto Tiempo, en ese momento estaban cantando "El Río esta llamando". Cambié mis planes inmediatamante y me uní al público en la plaza que se encuentra entre las gradas de la antigua biblioteca y la facultad de Derecho.

Y allí estaban Alejandro, mucho más viejo que como yo lo recordaba, Santiago - el primera voz- probablemente con el pelo teñido, ya que no es posible que solo él siga jóven, y los otros, cantando para conmemorar el 34 aniversario de la muerte de Monseñor Oscar Arnulfo Romero.  De los temas que interpretaron hemos seleccionado "fiesta de Guardar y "te Recuerdo Amanda". Bella sorpresa  la del día de ayer 24 de marzo.




lunes, 24 de marzo de 2014

Hace 34 años

Hace 34 años, el 24 de marzo también fue Lunes. Apenas un día antes, Monseñor habría pronunciado su  última homilía, con la que según algunos firmó su sentencia de muerte, pero siguiendo en el relato original, el reloj pasaba ya de las seis de la tarde, y me encontraba en la Universidad de El Salvador, en un examen parcial de una asignatura -sistemas digitales- que cursaba en aquel tiempo. A esa hora, en los altavoces de los estudiantes de la facultad de Ingeniería y Arquitectura, se escuchó la noticia del asesinato de Monseñor Romero. En ese momento, se desató el sálvese quién pueda,  y aquel fue un examen parcial que nunca pudimos concluir.

Recuerdo haber abandonado el campus en compañía de Mario, un estudiante chapín que se radicó en nuestro país, y Neto, uno de mis compañeros de estudio, entrañable, quien murió de cancer hace unos 25 años. Mario tenía un Corola, y al nomás salir de la universidad nos percátamos del riesgo significativo de que el carro en el que viajabámos terminara convertido en barricada.  Mario y Neto iban hasta Santa tecla, de manera que el "ride" hasta Merliot, era  providencial. Mientras duró el viaje, no decíamos nada, pero la tensión se podía cortar con tijeras.

Al llegar a la casa en la que vivía con mi hermana, la desolación había tomado la palabra. A pesar de que estábamos presenciando la culminación de la crónica de una muerte anunciada, a pesar de eso y muchas otras cosas, nada nos había preparado para lo que recién empezaba aquel día. En el noticiero Teleprensa pudimos ver las declaraciones de Monseñor Ricardo Urioste  desde el hospital de la Divina Providencia. Por alguna razón, algunas de sus palabras,  quedaron grabadas para siempre en mi memoria:  "Y esa es la razón de su asesinato, el haber querido la justicia, el haber querido la paz. Por eso repito que todo el pueblo bueno de El Salvador está de luto, hay quienes no lo están, sino que están de gozo. Esa es una gracia negra, ese es el pecado mayor que en este país se ha cometido"


El domingo siguiente iniciaba la semana santa, y durante toda la semana previa al domingo de ramos, estuve evaluando -una y otra vez- la posibilidad de ir a visitar la capilla ardiente en catedral y tomar algunas fotografías, pero la tensión del momento me obligó a diferir una y otra vez la aquella visita, ya que cada vez que repasaba mentalmente la logística de ir a catedral -en autobus- y volver a la universidad, en aquellas circunstancias, la prudencia me decía que no era tan buena idea. Sin embargo, la prudencia me abandonó el día del funeral: el domigo de ramos. De todos los días que pude haber escogido para rendirle tributo a Monseñor, escogí el más dramático de todos, el resto es historia.