En el artículo "Giro del mondo in dodici sogni" (la vuelta al mundo en doce sueños), que aparece publicado este día en el diario italiano Repubblica, se resumen algunas de las experiencias oníricas de lectores de varias regiones del mundo en estos tiempos de confinamiento global. Desde siempre, durante los sueños se puede pasar de un estado freudiano de baile de máscaras, a estados menos placenteros en los que pueden aparecer nuestros temores más primitivos.
Algunas imágenes son recurrentes de acuerdo al artículo, como el temor a tocar o ser tocados por extraños (casi zombies), el miedo a las consecuencias del toque de queda, la aparición de apps sofisticadas post-corona virus, que permitirían calificar el comportamiento social durante el confinamiento ya sea como "ángel", o como "demonio", huir a Marte, o al fondo del mar, las vacunas, y la mejor de todas, la de un señor que fue invitado por su vecinos a la boda de su gato. Esta última historia me hizo pensar que un día de estos bien podría ser que me vea en sueños en la boda del nieto de mi vecino quien ahora tiene dos años.
Es una lástima que la autora del artículo haya pecado en exceso de corrección política, quizás un preludio de lo que se nos viene, pero es poco creíble que nadie mencione imágenes freudianas. Por mi parte me declaro libre de culpa, pero no de pecado, ya que lo mejor de mi pesca onírica durante estos dos meses de confinamiento son puras imágenes freudianas. Claro, también me he visto resolviendo mentalmente problemas de circuitos en mis sueños, y eso sin ser una pesadilla, es insomnio en estado de pureza absoluta, y dista mucho de ser un baile de máscaras. Tan solo desearía, además de soñar que estoy en San Isidro, que alguna de mis imágenes soñadas soñara un poquito conmigo esta noche, como dice Sabina.
domingo, 24 de mayo de 2020
sábado, 2 de mayo de 2020
Inventario
"las puertas del cielo y del infierno, son indénticas y adyacentes"
Nikos Kazantzakis
Hace algún tiempo le escuché decir muy sabiamente a alguien cuyo nombre en este momento no puedo precisar, que la mayoría de personas se vienen a enterar de que no son inmortales cuando rondan los cuarenta. Yo pienso, que en mi caso, exceptuando aquellas ocasiones excepcionales en las que la muerte pasó muy cerca, pero hizo su trabajo y se marchó; y uno que otro ataque de pánico, en medio de la noche, que en alguna ocasión más bien me inspiró un texto no tan malo, bueno exceptuando esas excepciones, valga la redundancia, nunca como en esta época, había tenido tanto tiempo para afrontar mí mortalidad.
Los sesenta y cinco no deberían ser una edad tan mala, al menos intelectualmente uno se siente realmente vivo, y de provecho para los demás. Hasta hace poco, Yo todavía corría tras el autobús, como diría Benedetti; o quizás debería decir, todavía me emborracho, como dice Sabina; pero lo más terrible es que todavía sueño que los sueños todavía son posibles, como diría Yo. Uno de mis grandes héroes, Carl Sagan, murió a esta edad. Apenas si hubo tiempo para terminar "Contact". Suerte la nuestra, que vivimos para presenciar esos sueños imposibles que solo alguien como Sagan pudo soñar. También hasta poco, creía que decir la muerte era como decir los demás; y que lo tuviera que ocurrir era un planeta lejos de aquí, como dice Aute.
En realidad, habiendo nacido en El Salvador rural de mitad de los años cincuenta, debería considerarme muy afortunado de llegar a este punto de la historia. De acuerdo a mi padre, estuve a punto de morir a los dos o tres años de edad, por parásitos. Mi generación presenció de alguna manera, el asesinato de los Kennedy, el de Luther King, las noticias de la revolución cubana, el lanzamiento al espacio de Yuri Gagarin, la llegada del hombre a la luna, aunque en El Salvador aquello no fue gran noticia, ya que ocurrió en el tiempo de la guerra con Honduras, y por supuesto la primera clasificación de El Salvador a un Mundial. Con la llegada de los radios portátiles de bajo costo, ni en San Isidro pudimos ser inmunes a The Beatles, ni al rock de finales de los sesenta y comienzos de los setentas.
Tampoco pudimos ser inmunes a Javier Solis, Felipe Pirela, la Billo´s Caracas Boys, ni a Ray Coniff. Ni mucho menos a la música que sonaba en los bailes del mercado de San Isidro los sábados de pago por la noche. Ni en San Isidro nos escapamos tampoco de las noticias de los fraudes electorales de los setentas, ni dejar de constatar que el huevo de la serpiente estaba por eclosionar. El mal se estaba incubando desde hacía casi cincuenta años, y a mi generación, le reventó en la cara. Para cuando vinieron a suceder fechas como el 30 de julio de 1975, el 28 de febrero de 1977, el 15 de octubre de 1979, el 24 de marzo de 1980, yo todavía era un muchacho que estudiaba ingeniería eléctrica, y a lo mejor quería ser otra cosa. Cuando vinieron a suceder fechas como el 10 de octubre de 1986, o el 16 de noviembre de 1989, yo ya había comenzado mis pasos como docente.
En comparación a mi vida anterior, se puede decir que los últimos 27 años habían sido relativamente tranquilos. Pocos sustos, como el accidente en el que mi vi involucrado en el año 2000, mientras viajaba de pasajero sobre la carretera hacía Santa Tecla, cuando otro vehículo que salió de la Jerusalem, nos golpeó en la esquina trasera izquierda. Menos de un año después, sucedió el gran terremoto de 2001. Aquel sábado 13 de enero, había traído a mi padre a pasar consulta con el médico. Don Fito era el conductor. En la ruta desde el occidente, pasamos por las Delicias, eso debe haber sido unas dos horas antes del terrémoto. De regreso, hicimos una parada en la zona del redondel Beethoven, para comprar medicinas para mi padre, y también aproveché para pasar al super Europa, ya que a la hora de almuerzo estaríamos en San Isidro. A punto de pagar estaba en el Super, cuando la cajera dijo -está temblando, el resto es historia. Mi padre se vió forzado a permanecer toda la semana siguiente fuera de San Isidro. Aquella sería la última vez de pasar un tiempo juntos.
Así llegamos de nuevo a la edad media, con una peste digna de los relatos de Bocaccio, desatando los mismos temores ancestrales que no se veían desde 1918. Lo que sea que siga despues de este tiempo, será un mundo de ciencia ficción. Hay varios mundos posibles, pero como diría Kazantzakis "las puertas del cielo y del infierno, son indénticas y adyacentes". Mientras tanto, seguimos confinados, más conscientes que nunca de nuestra mortalidad y sobretodo de nuestra fragilidad, como individuos y como especie. Queda por ver si el día después de mañana (si es que hay day after tomorrow), optamos por la puerta correcta. No es inusual en estos días, experimentar la misma sensación que debe haber experimentado el personaje principal del film "El Séptimo Sello" de Bergman, un caballero que regresa de las cruzadas y encuentra su región desolada por una pandemia. En medio de aquel infierno, nuestro personaje reconoce la figura de la muerte, y además intuye su propósito. El caballero reta a la muerte a jugar una partida de ajedrez con el propósito de ganar tiempo para poner sus asuntos en orden. Tratar de ganar tiempo frente a un rival semejante es un acto tan desesperado, cómo inútil. El tiempo ganado por el caballero de Bergman, en realidad es tiempo concedido por un rival omnipotente. Así me siento en este momento, justamente como el caballero de Bergman.
lunes, 20 de abril de 2020
jueves, 13 de febrero de 2020
miércoles, 29 de enero de 2020
Los Funerales del Patriarca
Cuando José Arcadio Buendía fundó Macondo, pensaba que el día de su funeral estaba tan lejos, que no tenía sentido dedicarle ni siquiera un segundo de sus pensamientos. Seguramente al Padrino le ocurrió lo mismo al llegar a la avenida L-D, entre una cosa y otra que había que hacer, acomodando los cachibaches nuevos y viejos, en algún momento comenzó a acuñar la frase que lo haría famoso: Camino que todos llevan.
En las casi cuatro décadas transcurridas desde la fundación de la avenida L-D, varios de los habitantes originales, ya se adelantaron en esa ruta, y en no pocos de los velorios, El Padrino además de exclamar su famosa frase, también acuñó algunas reglas de comportamiento que deben observarse durante los velorios de la avenida L-D, entre las que destacan la prohibición de asistir a velorios usando calzoneta y chancletas; y la más célebre, que prohíbe expresamente robar pan del velorio de al lado.
El libro de los secretos de los hombres se cierra para siempre cuando llega ese día, y en el caso de El Padrino, ese día es hoy. En ese libro hay de todo, incluyendo una receta de Pollo con manteca Nieve, receta tan secreta que ni su propia esposa pudo copiar a pesar de vivir más de cincuenta años juntos. Todos los patriarcas, padrinos, y los piratas, tienen atropellos que aclarar, deudas pendientes, y asuntos de los que mejor ni hablar.
Esta historia no iba a ser la excepción, ni ellos ni la censura, lo podrían permitir. En el minuto final, a lo mejor le quedaron algunos segundos para rebobinar algunas pequeñas historias, como cuando su padre lo despertó a media noche para llevar la carga de dulce -ya cantó el gallo fue la explicación-, o cuando aquel viento sobrenatural a lo Harry Potter, en medio de un cañaveral, lo obligó a morder el machete, mientras retornaba a casa después de visitar a una novia.
En las casi cuatro décadas transcurridas desde la fundación de la avenida L-D, varios de los habitantes originales, ya se adelantaron en esa ruta, y en no pocos de los velorios, El Padrino además de exclamar su famosa frase, también acuñó algunas reglas de comportamiento que deben observarse durante los velorios de la avenida L-D, entre las que destacan la prohibición de asistir a velorios usando calzoneta y chancletas; y la más célebre, que prohíbe expresamente robar pan del velorio de al lado.
El libro de los secretos de los hombres se cierra para siempre cuando llega ese día, y en el caso de El Padrino, ese día es hoy. En ese libro hay de todo, incluyendo una receta de Pollo con manteca Nieve, receta tan secreta que ni su propia esposa pudo copiar a pesar de vivir más de cincuenta años juntos. Todos los patriarcas, padrinos, y los piratas, tienen atropellos que aclarar, deudas pendientes, y asuntos de los que mejor ni hablar.
Esta historia no iba a ser la excepción, ni ellos ni la censura, lo podrían permitir. En el minuto final, a lo mejor le quedaron algunos segundos para rebobinar algunas pequeñas historias, como cuando su padre lo despertó a media noche para llevar la carga de dulce -ya cantó el gallo fue la explicación-, o cuando aquel viento sobrenatural a lo Harry Potter, en medio de un cañaveral, lo obligó a morder el machete, mientras retornaba a casa después de visitar a una novia.
martes, 28 de enero de 2020
Por si el Silencio
“POR SI EL SILENCIO……”
Francisco Andrés Escobar
Si me voy y te quedas: restitúyeme al viento.
Lleva mi nombre triste y escríbelo en la arena.
Habla con las gaviotas, con las viejas mareas,
diles que no me he ido, que ando volando cerca
Dile que me he quedado hecho cal en las piedras,
que vivo en el columpio de las flores silvestres,
que mis tardes las paso cerca del sol poniente
y que espero los días en la región del hielo.
Y siente mi presencia en todo lo que quieras,
en todo lo que mires con tus ojos de cielo:
desde el café de esquina donde hacía mi espera
hasta el musgo que crezca junto a mi cruz de tierra.
Encuéntrame en las cosas que rozaron mis dedos.
Mírame en los juguetes, en los dulces pequeños.
Sábeme detenido en mis humildes letras
con que canté a la vida fulgores y miseria.
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