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lunes, 15 de enero de 2018

14 enero 2018























sábado, 6 de enero de 2018

Hace diez años

La vida de Mi padre se extinguió en las últimas horas de un 5 de enero, hace ahora 10 años. A estas horas del día 6, comenzaba esa experiencia para la cual nunca estamos preparados, la de afrontar la partida de un ser querido. Recuerdo un par de idas y venidas hacía y desde el hospital del seguro social, durante aquella noche fatídica. Mientras tanto, hice las llamadas que tenía que hacer, desperté a las personas que debía despertar,  me acompañaba Don Fito, durante las idas y venidas, y Edwin, y Rosa, soportaron a mi lado, la desgracias de afrontar a los burócratas. Diez años han transcurrido, no son nada, como dice la canción. El mundo está igual o peor. El blog que comencé a escribir inmediatamente después de aquellos días de enero, también ha cumplido  diez años, intentando al igual que lo hizo Pedro Guerra, enviar cartas a mi padre, para contarle cómo estaba el mundo  tras su partida. Lo que iba a escribir en este cuaderno, ya está escrito, lo que resta lo escribirán otros.

martes, 4 de abril de 2017

Hoy el Diario no Hablaba de Ti

Orlando Zarceño, San Isidro, El Salvador (195x-2017)


viernes, 6 de enero de 2017

5 enero




sábado, 31 de diciembre de 2016

La noche de los deseos

Hace mucho, mucho tiempo, en un mundo que parecía muy lejano de lo que tenemos en día, a esta hora solíamos prepararnos para la noche más esperada del año, una especie de noche de los deseos. Deseábamos tanto que todo fuera diferente ese día, que incluso el cielo parecía de otro color. Ni el polvo, ni las moscas de San Isidro parecían molestarnos. Estábamos tan empeñados en que aquel día, aquella noche fueran diferentes,  que simplemente pasábamos por alto todo lo que no encajaba en aquella idealización. Estamos hablando de hace más de 40 años, y en aquel tiempo todavía había mucho trabajo en San Isidro, especialmente en esta época de temporada de café y zafra de la caña de azúcar. El ingenio de azúcar todavía funcionaba, y los ruidos de las máquinas, el rumor de la gente, las emisiones de humo con ceniza que lanzaban las grandes chimeneas, y el agua con miel que caía en la zona de la ceiba ahora tan solo son añoranzas de un mundo que parece perdido para siempre.

Con los ingresos extra, mucha gente podía "estrenar" una mudada especial para la ocasión de la nochevieja.  Viendo las cosas desde Lejos en el tiempo, en realidad era un tanto simpático aquel afán por "estrenar", ya que al salir a las calles de tierra de San Isidro, las nubes de polvo, la ceniza del ingenio, y con algo de suerte, el agua con miel que caía cerca de la zona de la ceiba, daban al traste con el esfuerzo de lucir bien aquella noche. Para las chicas el problema era más complicado, porque con semanas de anticipación acudían a casa de alguna de las costureras de San Isidro, para que les tomarán medidas para confeccionar el vestido que estrenarían aquella noche. Algunas de nuestras conocidas o hermanas eran delgadas, y no tenían mayor problema, ya que los vestidos siempre les tallaban bien; sin embargo había historias menos felices, y en estos casos, la cosa se convertía en tragedia durante la noche  de los deseos. Había que pedir auxilio: en estos casos aparecía la generosidad de personas como la niña Paca, ajustando vestidos, y corrigiendo pequeños y a veces no tan pequeños detalles para salvar aquella noche.

El ritual era bastante sencillo en aquel tiempo, permanecer con la familia o con amigos cercanos hasta que llegaba la media noche, dar y esperar abrazos cada quien en su casa, y  a eso de las doce y media, salir a repartir abrazos hasta que ya no quedaba  nadie por abrazar; más tarde un poco después de la una, había que ir a buscar uno de los pocos bailes que se organizaban en aquella noche. Me recuerdo que una de las casas en donde se organizaba bailes, era en la casa de don David Consuegra, un amigo de mi padre. También hacían  otro baile en las casa de don Geño Cárcamo. En medio de toda aquella confusión, los abrazos, los bailes, la pastorela, algunas parejas aprovechaban la ocasión para fugarse. Las madres notaban que algo no estaba bien y que las cuentas no cuadraban, ya que faltaba una de las hijas. Mandaban a alguien de la familia a buscarla a todos los bailes, a la pastorela, a las casas de los demás parientes; pero era en vano. La niña ya estaba lejos de casa.Así fue el comienzo de muchas parejas que lograron vivir juntos durante décadas. En otros casos, la relación terminaba antes del alba, a veces por tecnicismos, ya que la tradición entendida de manera ortodoxa exigía llevársela, es decir, irse de San Isidro. Conozco al menos un caso en que a la susodicha la hicieron caminar hasta Armenia por toda la carretera, y luego se regresaron por la calle de Los Mangos, pasando por El Guayabo. Ella exigía irse de San Isidro, y como no se pudo, al clarear el nuevo día, la cosa ya se había desecho. De lo que no estoy tan seguro es si esto ocurrió en Nochevieja o en viernes Santo.

La antesala de aquella noche comenzaba desde que llegábamos de vacaciones a principios de noviembre, desde que sonaba por primera vez en alguna radio emisora, como la seis treinta o la KL,  aquella vieja canción de Tony Camargo, con la cual se desataba automáticamente toda la nostalgia y la añoranza que precedía a la noche de los deseos. También estaban otras canciones para ablandarnos, tales como aquella de "cinco Pa las doce", y la versión del niño del tambor de Ray Coniff, etc.  Otro elemento de la antesala era el ruido de los artefactos pirotécnicos, que comenzaba en algún momento de noviembre, lo que dice mucho de la manía de los salvadoreños por hacerse la guerra por cualquier medio. Entonces éramos jóvenes pero no lo sabíamos, dice  Benedetti, ahora con algo de fortuna, quizás seamos una pizca más sabios, y ya deberíamos  saber que tenemos bastante con haber llegado a la edad que ostentamos. Cada generación tiene sus propios desafíos. Ojalá que se mantuviera todo lo bueno de aquel mundo que ya no es, y por supuesto que desapareciera todo lo que estaba mal entonces y sigue estando mal hoy en día. Pero la vida no es así. ¿Todavía pronuncian mi nombre en mi país? Escribía un poeta. Nosotros, mejor no preguntar, ya sabemos la respuesta.


sábado, 24 de diciembre de 2016

El cuenta historias

Desde que el mundo es mundo, contar historias ha sido una ocupación inevitable. Algo sucede, y luego alguien se le cuenta a los demás, a veces exagerando un poco, y otras editando tanto la historia, que la verdad verdadera se pierde para siempre en la niebla del tiempo. Decía García Márquez que ser escritor es el único oficio en el que a uno le pagan por contar mentiras. Con un poco de suerte, a lo mejor eso es cierto, pero para los cuenta historias de pueblo pequeño, canta otro gallo. Ellos ya saben que para el resto de la pequeña humanidad que los rodea, ellos son simplemente mentirosos. No creo que eso les haya quitado jamás el sueño, les preocupa más que alguno de sus rivales invente la mentira más grande jamás contada.

Hace poco más de dos décadas, durante una visita a casa de mi padre, por azar me crucé con algunos de los cuenta historias de San Isidro, mientras ellos sostenían una pequeña tertulia. Ente ellos se encontraba quien posiblemente haya sido el más ilustre practicante de este arte, me refiero al Señor Ch. Los otros dos eran don Rosendo y don Ángel. Cuando sus colegas ya se habían retirado, don Ángel me comentó con un dejo de frustración -¡Me indignan las mentiras que cuenta ese hombre! - Al inquirir sobre su enojo, me pude enterar que en realidad, el señor Ch.  los había superado a todos con sus ocurrencias, y a veces los perdedores no asumen tan bien la derrota. Aquella tarde, el señor  Ch. sacó un conejo de su sombrero de mago, cuando les contó a sus colegas una de tantas historias que había vivido o talvez se había inventado:

 Durante un viaje de los que se hacían en otros tiempos  para ir a pescar al lago de Coatepeque cuando el tiempo era propicio,  el señor Ch.  llegó muy temprano al desvío de la carretera del  Cerro Verde, un cruce de caminos y veredas conocido como El Pacún, que se encuentra en el borde del cráter del lago de Coatepeque. Justo antes de iniciar el descenso hacia el lago, nuestro personaje logró ver una gran culebra que en ese momento comenzó a cruzar la calle de grava roja que en aquel cruce de caminos comienza el ascenso hasta el Cerro Verde. El señor  Ch. se quedó pensando en aquella visión mientras descendía por las laderas del cráter y también mientras pescaba durante el resto del día, y también mientras escalaba de regreso las laderas empinadas con la ultima luz de la tarde hasta El Pacún, ¿y saben que? La culebra era tan larga, que  cuando el señor  Ch. regresó al cruce de caminos, esta no había terminado de cruzar la calle,  y él  todavía  le logró ver la cola.

La única otra joya que yo recuerdo, es la historia del día cuando el señor Ch.  se encontraba limpiando el patio de su casa, y se dio cuenta que una de las matas de Huerta  necesitaba ser removida, nada extraordinario para cualquier otro mortal. El señor Ch. haló la planta con todas sus fuerzas, pero la raíz de la planta era tan grande, que cuando terminó de sacarla de la tierra, se dió cuenta de que se había formado la barranca que rodea San Isidro en forma de U, desde el oriente, pasando por la parte sur de la Hacienda y finalmente llegando  hasta la parte occidental. Bueno, así es cómo surgió esa barranca, que creo que ahora la conocen como la barranca del Pozo. Desafortunadamente, la mayoría de historias creadas por el señor Ch. y por otros tantos cuenta historias de San Isidro yacen perdidas para siempre en el olvido, ya que estos hombres solo practicaban el relato oral, y nadie salvó para la posteridad aquellas historias, cuentos, relatos, en fin todo lo que estos ingeniosos hombres le regalaban a todo aquel que quisiera escucharlos.






sábado, 26 de noviembre de 2016

¿Que diría mi Padre?

Decir que sé con seguridad, lo que diría mi padre en un día como hoy, sería mucho especular. Nadie sabe lo que otro diría, sin embargo no me cabe la menor duda que estaría un poco triste por Fidel. Paradójicamente, al saber que el hombre murió de viejo en la cama, y no como hubieran deseado su detractores, creo que al ver esto mi padre se sentiría aliviado. " La historia me  absolverá,", dijo el hombre una vez, hace más de 60 años, y lo más probable es que tuvo toda la razón del mundo al hacer semejante afirmación. El veredicto final de la historia no lo conocerá esta generación. Los juicios calenturientos, como el que acaba de hacer Vargas Llosa, terminarán en eso, en juicios calenturientos, y nada más. Lo único cierto es que el hombre finalmente murió de viejo en la cama, y que los que más celebran este día, no por casualidad son los mismos que decidieron el resultado de las recientes elecciones.




jueves, 3 de noviembre de 2016

2 de Noviembre